Era ya de noche y sus ojos no expresaban mas placer del que podía sentir. Mirándose al espejo, Isis diosa de la fertilidad, dejaba gotear del filo que sostenía en su diestra, la sangre sucia de la bestia, era sangre que se derramaba para limpiar culpas y maldiciones que atormentaban su lecho.
Cogió lentamente su pañolón morado enredado en la cintura para renovar el brillo del metal que se había perdido tras la batalla y escurrió esa sangre culpable en una copa cristalizada; de manera que fuese para ella vino de coraje y renovación en su valiente hazaña. Lentamente ingiriéndolo el ardor de la victoria quemaba su garganta, pero insistente y ansiosa por terminar tragó de un sorbo. Estando dentro de su cuerpo el agua colorada, suspiró, cerró sus demacrados ojos y entrando en un sueño profundo comenzó el largo viaje a través del Nilo celestial, atravesándolo de oeste a este, divagando en una balsa de madera, cruzando ese ideado mundo inferior, viéndose rodeada de accesos consecutivos de puertas, la cual una tras otra abierta siempre por un nombre secreto la conducía a ese anhelado paraíso de transformación que se cumpliría al amanecer. Fue entonces cuando volviendo en si provocó que su figura se paralizara de dolor y de forma estruendosa la copa cristalina se estrellara con el suelo al abrir de forma raquítica su mano. Su cuerpo sufría convulsiones, pero su corazón latía más lento tratando de comprender la tensión que tenuemente sufría. Sus pupilas anunciaban un gran agujero y los iris verdosos de su mirada se hicieron delgados aros rayados.
Las velas ardientes de la habitación recordaban el ritual prometido que siglo tras siglo siempre fue aplazado, pero que esta vez no pasaría de esa noche la transformación de diosa vacía y ansiosa por una esencia bestial. Un sonido débil rompió la tensión de aquel cuarto dorado, su golpeada silueta tendida en el suelo describía la conversión de su espíritu y la evolución de su ente poderoso. Aquella miel de crótalo que como diosa con apariencia humana ingirió, dio origen a una savia color carmesí que recorría sus vírgenes venas y la transformó en la gracia aniquiladora, guardando dentro de sí la hibridez de sus ancestros omnipotentes y la ascendencia de esas nuevas entrañas, entrañas de aquellos monstruosos y despiadados seres.
Era un nuevo comienzo, la creación había iniciado y su padre la máxima potestad divina alumbraba ese nuevo día. Se puso en pie y sin más apoyo que su espada, se inclinó en reverencia hacia el sol saliente y con aquella mandíbula de colmillos afilados sonrió; lo hizo para decir adiós a sus condenados recuerdos que la traición dejó marcados y para contemplar la maravilla en la que ella misma fue experimento y creación.

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