Estoy aquí sentado acurrucado como cachorro
de rata, buscando la salida de este gigantesco lugar, la primera que vez que
entré en él, me pareció de un tamaño muy razonable apenas para mis 180
centímetros de altura ,pero, hoy creo que he enloquecido lo suficiente en esta
celda como para pensar que me sigo encogiendo. Pronto sé que retomaré mi
libertad como un objeto microscópico.
Lo único raro de todo esto es que cada vez
que vienen los soldadotes a traerme mis alimentos pasan por alto mi
presencia y para ellos todo está muy
normal en la celda, es como si no se dieran cuenta que mi tamaño se ha
reducido. Además de eso la comida que me traen es gigantesca. En los purés
podría deslizarme como montañas, uso los cubiertos no para comer sino para escalar.
Me acuerdo muy bien cuando fue el día que
empezó todo esto, pero he perdido la cuenta de cuantos días han pasado después
de mi cambio. Todo comenzó aquel día que
abrieron la puerta de la justica y no dude en mirar celosamente a los guardias,
ellos vestían como siempre su traje azul y los pantalones ajustados por un
cinturón de cuero. Eran cuatro los que venían y abrían la celda a las 5:00 ,
siempre a esa hora en la que del sol no quedan sino huellas. Me sugerían que
levantara mis manos y las empuñara para que me colocaran ese pesado metal con
particularidad femenina. Luego de cincuenta pasos y 30 escalones era hombre
libre en un patio completamente aislado. Hacía todo tipo cálculos con mis
pisadas y mi vana inteligencia, pues cuando se está completamente solo, se anda
en cuadrados, se recortan pasos y se miden historias.
Esa tarde fue la última vez que mire con
tranquilidad al astro divino, a partir de esa noche mis rutinas se alteraron.
Recuerdo muy bien que esa noche mi vecino de la celda de aislamiento SUR No. 15
hacía estruendosos ruidos, sus gritos eran petrificantes. Nunca supe cuál fue
el motivo de su desesperación pero lo que si confieso es que las manotadas que
daba sobre mi pared parecían como catapultas, las sentía como gritos de
auxilio. Se oyeron vidrios quebrándose, eran como si las lámparas se rompieran
con un bate, creo que no habría podido imaginar heridas más profundas que las
ocasionadas por los vidrios lumínicos, supe que estaba gravemente herido cuando
a través de mi pequeña ventana de barrotes pude ver un suelo colorado de
sangre. No hay nada a lo que yo le tenga más pavor que a la sangre, desde que
pasó lo que pasó. Dos guardias llegaron inmediatamente atraídos por los gritos
de mi compañero, lo arrastraron y pasaron en frente de mi celda, lo llevaban
cada uno de los brazo. Al ver el camino de sangre arrastrado por los guardias
como una carretilla humana, sentí ira profunda con esos condenados que se creen
los héroes aquí, porque dicen que lidian con verdaderos criminales, pero la
verdad es que ellos son los criminales, los causantes de las enfermedades
mentales en estás benditas celdas. Nos encierran, nos aíslan, nos abandonan, no
hay nada más inhumano que separar a un ejemplar de su especie, así sea un mal
ejemplar.
Esa noche no concilie el sueño fácilmente y
mi cama la sentía con púas de armadillo, de alguna forma me dormí en el suelo,
quizás no sentí la dureza de su textura.
Cuando desperté perdí la mirada en la
habitación, tal vez era mi impresión, pero note que las paredes de esta celda
estaban más grandes y asiladas, sentí que tenía más espacio para caminar. Todo
lo vi a partir de ese día mejor distribuido.
Tengo teorías acerca del porqué de la
expansión pero sin poderlas comentar o discutir con alguien terminaron siendo
inválidas para mí, la primera de ellas es que mientras estuve dormido las
paredes se movieron luego de algún proceso mecánico; como mi vecino ya no se
encontraba y era muy probable que no volviera, seguramente habrían ampliado mi
espacio. Sin embargo tenía otra teoría que no me parecía creíble, pero de todas
formas necesitaba evaluarla y era esa posibilidad de haberme encogido. Después de hacer mis experimentos acostado y
luego de pie tratando de alcanzar el techo
decidí relajarme un poco y pensar el porqué de los cambios en este
lugar. Medí mis extremidades comparándolas con los recuerdos que tenía de la
habitación, empecé por la cama, cuando me senté y trate de ponerme en pie de
nuevo me di cuenta que los centímetros que se habían expandido a la habitación,
también aplicaban para los muebles, ya que si trataba de tocar el suelo aun
ubicándome en el borde del colchón ni con la punta de los dedos de los pies lo
alcanzaba a tocar.
Hubo gritos del medio día: “¡De prisa
condenado! Aquí está tu almuerzo”, palabras que arruinaron mi siesta mañanera.
La úlcera en mi abdomen clamaba por alimentos, sentía como si una solitaria
lombriz se comiera a colmillazos mis entrañas, seguramente el pensar tanto en
mi cambio corporal habría agotado las ideas de mi cerebro y provocado mi
apetito feroz. Recibí mi alimento y como es costumbre no pensé mientras lo
consumía.
Los guardias se fueron rápidamente y esperé
impaciente la llegada de la salida al patio, como era la costumbre. 5:00, era
la hora de salida, miré hacia el fondo de la entrada al patio y camine
apresuradamente, cuando llegué, el cielo tenía acabados lilas y amarillos, por
desgracia ese día no vi el sol, no logré concluir si fue por la hora en la que
salí o porque mis ojos no podían mirar por encima del muro del extremo del
patio, sentí gran pesar y entendí que mi
baja estatura de verdad estaba afectado las cosas.
A partir de esa noche, anoté diariamente
los centímetros de mi porte, los cuales calculaba con comparándola con la
altura de la puerta. La segunda semana después de la muerte de mi vecino mi
estatura era de 72 cm, la tercera semana de 55, la cuarta semana de 38 y el
último registro que escribí hace 10 fue de 17 centímetros. Ya mi celda no era
una prisión era todo un mundo, con cielo de luz mercuriana sin estrellas
posibles, cada herramienta que estaba
allí la utilizaba para hacerles creer a los guardias que todo transcurría con
tranquilidad, Diariamente me convertí en un buen escalador y caminador, de
forma irónica mantenía una rutina de ejercicios. No volví a recorrer el patio
donde respiraba aire carcelino, tenía miedo de perderme y de correr en vano
hacía la puerta para regresar a mi celda, sabía muy bien que mis piernas no
resistían una distancia tan enorme.
Estoy aquí sentado acurrucado como cachorro
de rata, abrumado por el cansancio de escalar, subir y bajar, estoy cansado de
esforzarme por vivir, de esperanzarme y querer sobrevivir, hace cuatro días
decidí que haría la última medición de mi cuerpo y según mis posibles cálculos
debo medir 5 centímetros. Mi cuerpo cansado no anhela más que el fin de la vida
con la desintegración.
Un cuervo esta noche me ha visitado, y me
he sorprendido de su gigantesca dimensión, esa negruzca ave está posada en
frente de mí. Esta ave me está colmando la paciencia, lleva más de dos horas
intimidándome con su porte funeral. Le pregunté su nombre y vacié de mi mente
palabras que averiguaban por mi destino, el cuervo solo respondió Nunca más. Lo
amenacé, lo inculpe de mi maldito destino en una celda que parecía un mundo, le
grité con despreció y el cuervo solo respondió Nunca más. Golpee la pared para
empujarla a la par que le reclamaba mis derechos sobre la tumba en la que sería
prontamente desterrado, el cuervo solo respondió nunca más. Salté tan alto como
pude golpeando mi cabeza con el aire o con la luz de mercurio pidiéndole clamor
de que se marchara y me devolviera a mi tamaño original, el cuervo solo
respondió nunca más..
Y
ese cuervo nunca emprendió vuelo, todavía está posado bajó la luz de la
fosforencencia, mientras lo que queda de mi cuerpo se hunde como un navío en un
mar de agua colorada que invade el suelo de mi celda y se esparce por debajo de
la puerta, dando a relucir la sangre que la seguridad jamás podrá detener.
¡Nunca más!