martes, 7 de abril de 2015

SÍNDROME CARCELARIO


Estoy aquí sentado acurrucado como cachorro de rata, buscando la salida de este gigantesco lugar, la primera que vez que entré en él, me pareció de un tamaño muy razonable apenas para mis 180 centímetros de altura ,pero, hoy creo que he enloquecido lo suficiente en esta celda como para pensar que me sigo encogiendo. Pronto sé que retomaré mi libertad como un objeto microscópico.
Lo único raro de todo esto es que cada vez que vienen los soldadotes a traerme mis alimentos pasan por alto mi presencia  y para ellos todo está muy normal en la celda, es como si no se dieran cuenta que mi tamaño se ha reducido. Además de eso la comida que me traen es gigantesca. En los purés podría deslizarme como montañas, uso los cubiertos no para comer  sino para escalar.

Me acuerdo muy bien cuando fue el día que empezó todo esto, pero he perdido la cuenta de cuantos días han pasado después de mi cambio. Todo comenzó aquel día  que abrieron la puerta de la justica y no dude en mirar celosamente a los guardias, ellos vestían como siempre su traje azul y los pantalones ajustados por un cinturón de cuero. Eran cuatro los que venían y abrían la celda a las 5:00 , siempre a esa hora en la que del sol no quedan sino huellas. Me sugerían que levantara mis manos y las empuñara para que me colocaran ese pesado metal con particularidad femenina. Luego de cincuenta pasos y 30 escalones era hombre libre en un patio completamente aislado. Hacía todo tipo cálculos con mis pisadas y mi vana inteligencia, pues cuando se está completamente solo, se anda en cuadrados, se recortan pasos y se miden historias.

Esa tarde fue la última vez que mire con tranquilidad al astro divino, a partir de esa noche mis rutinas se alteraron. Recuerdo muy bien que esa noche mi vecino de la celda de aislamiento SUR No. 15 hacía estruendosos ruidos, sus gritos eran petrificantes. Nunca supe cuál fue el motivo de su desesperación pero lo que si confieso es que las manotadas que daba sobre mi pared parecían como catapultas, las sentía como gritos de auxilio. Se oyeron vidrios quebrándose, eran como si las lámparas se rompieran con un bate, creo que no habría podido imaginar heridas más profundas que las ocasionadas por los vidrios lumínicos, supe que estaba gravemente herido cuando a través de mi pequeña ventana de barrotes pude ver un suelo colorado de sangre. No hay nada a lo que yo le tenga más pavor que a la sangre, desde que pasó lo que pasó. Dos guardias llegaron inmediatamente atraídos por los gritos de mi compañero, lo arrastraron y pasaron en frente de mi celda, lo llevaban cada uno de los brazo. Al ver el camino de sangre arrastrado por los guardias como una carretilla humana, sentí ira profunda con esos condenados que se creen los héroes aquí, porque dicen que lidian con verdaderos criminales, pero la verdad es que ellos son los criminales, los causantes de las enfermedades mentales en estás benditas celdas. Nos encierran, nos aíslan, nos abandonan, no hay nada más inhumano que separar a un ejemplar de su especie, así sea un mal ejemplar.
Esa noche no concilie el sueño fácilmente y mi cama la sentía con púas de armadillo, de alguna forma me dormí en el suelo, quizás no sentí la dureza de su textura.

Cuando desperté perdí la mirada en la habitación, tal vez era mi impresión, pero note que las paredes de esta celda estaban más grandes y asiladas, sentí que tenía más espacio para caminar. Todo lo vi a partir de ese día mejor distribuido. 
Tengo teorías acerca del porqué de la expansión pero sin poderlas comentar o discutir con alguien terminaron siendo inválidas para mí, la primera de ellas es que mientras estuve dormido las paredes se movieron luego de algún proceso mecánico; como mi vecino ya no se encontraba y era muy probable que no volviera, seguramente habrían ampliado mi espacio. Sin embargo tenía otra teoría que no me parecía creíble, pero de todas formas necesitaba evaluarla y era esa posibilidad de haberme encogido.  Después de hacer mis experimentos acostado y luego de pie tratando de alcanzar el techo  decidí relajarme un poco y pensar el porqué de los cambios en este lugar. Medí mis extremidades comparándolas con los recuerdos que tenía de la habitación, empecé por la cama, cuando me senté y trate de ponerme en pie de nuevo me di cuenta que los centímetros que se habían expandido a la habitación, también aplicaban para los muebles, ya que si trataba de tocar el suelo aun ubicándome en el borde del colchón ni con la punta de los dedos de los pies lo alcanzaba a tocar.

Hubo gritos del medio día: “¡De prisa condenado! Aquí está tu almuerzo”, palabras que arruinaron mi siesta mañanera. La úlcera en mi abdomen clamaba por alimentos, sentía como si una solitaria lombriz se comiera a colmillazos mis entrañas, seguramente el pensar tanto en mi cambio corporal habría agotado las ideas de mi cerebro y provocado mi apetito feroz. Recibí mi alimento y como es costumbre no pensé mientras lo consumía.
Los guardias se fueron rápidamente y esperé impaciente la llegada de la salida al patio, como era la costumbre. 5:00, era la hora de salida, miré hacia el fondo de la entrada al patio y camine apresuradamente, cuando llegué, el cielo tenía acabados lilas y amarillos, por desgracia ese día no vi el sol, no logré concluir si fue por la hora en la que salí o porque mis ojos no podían mirar por encima del muro del extremo del patio, sentí gran pesar y entendí  que mi baja estatura de verdad estaba afectado las cosas.

A partir de esa noche, anoté diariamente los centímetros de mi porte, los cuales calculaba con comparándola con la altura de la puerta. La segunda semana después de la muerte de mi vecino mi estatura era de 72 cm, la tercera semana de 55, la cuarta semana de 38 y el último registro que escribí hace 10 fue de 17 centímetros. Ya mi celda no era una prisión era todo un mundo, con cielo de luz mercuriana sin estrellas posibles, cada herramienta  que estaba allí la utilizaba para hacerles creer a los guardias que todo transcurría con tranquilidad, Diariamente me convertí en un buen escalador y caminador, de forma irónica mantenía una rutina de ejercicios. No volví a recorrer el patio donde respiraba aire carcelino, tenía miedo de perderme y de correr en vano hacía la puerta para regresar a mi celda, sabía muy bien que mis piernas no resistían una distancia tan enorme.

Estoy aquí sentado acurrucado como cachorro de rata, abrumado por el cansancio de escalar, subir y bajar, estoy cansado de esforzarme por vivir, de esperanzarme y querer sobrevivir, hace cuatro días decidí que haría la última medición de mi cuerpo y según mis posibles cálculos debo medir 5 centímetros. Mi cuerpo cansado no anhela más que el fin de la vida con la desintegración.
Un cuervo esta noche me ha visitado, y me he sorprendido de su gigantesca dimensión, esa negruzca ave está posada en frente de mí. Esta ave me está colmando la paciencia, lleva más de dos horas intimidándome con su porte funeral. Le pregunté su nombre y vacié de mi mente palabras que averiguaban por mi destino, el cuervo solo respondió Nunca más. Lo amenacé, lo inculpe de mi maldito destino en una celda que parecía un mundo, le grité con despreció y el cuervo solo respondió Nunca más. Golpee la pared para empujarla a la par que le reclamaba mis derechos sobre la tumba en la que sería prontamente desterrado, el cuervo solo respondió nunca más. Salté tan alto como pude golpeando mi cabeza con el aire o con la luz de mercurio pidiéndole clamor de que se marchara y me devolviera a mi tamaño original, el cuervo solo respondió nunca más..

 Y ese cuervo nunca emprendió vuelo, todavía está posado bajó la luz de la fosforencencia, mientras lo que queda de mi cuerpo se hunde como un navío en un mar de agua colorada que invade el suelo de mi celda y se esparce por debajo de la puerta, dando a relucir la sangre que la seguridad jamás podrá detener.
¡Nunca más!


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