martes, 7 de abril de 2015

ENSEÑANZA VUDU


-Ana, ven. Siéntate a mi lado.
-No Pedro, Quiero que armes tus chécheres.
-¡Pero ANA!
-Pero ¡nada! Deprisa y que de verdad esta sea la última vez que te vea.
Pedro se apresuró y salió de casa tan rápido como pudo, con manos enredadas y la cara enrojecida de pena y vergüenza. Caminando desquebrajado por el sendero contiguo de la casa, sentía que alguien lo observaba, tal vez la mirada de su dolida esposa. Miró hacia atrás rápidamente pero no había nade. Siguió su camino, sin embargo la presencia de alguien clavando sus ojos en la espalda, en el rostro y en su miembro, fue constante. Pedro estaba angustiado por la presencia y caminaba casi corriendo por toda la trocha de piedras. Sentía ganas arrancarlas del cemento para arrojarlas al que venía detrás, pero al no ver a alguien, evitó tal arrebato.
Era una calmada mañana de lunes, sin embargo para Pedro, fue el día que lo desterraron de su hogar. Llegó sin consuelo alguno a la plaza del pueblo y le preguntaba a su conciencia: -¿canalla yo? ¿Mujeriego yo? ¡Sí le he dado hasta lo mínimo a esa mujer!
Se acurrucó en una de las bancas de la esquina de la plaza, donde el sol comenzaba a tostar las emplumadas aves. Pedro tiró sus chécheres, como bien lo había dicho su mujer al suelo y empezó a divagar sobre los recuerdos de la tarde lujuriosa que vivió sin pensar en su mujer. Pero estos lindos recuerdos se nublaron cuando Pedro recordó una conversación de años atrás:
-Ana, ¿Por qué las mujeres son tan vengativas?
-No, Pedro. No es venganza, es dejar una enseñanza que nunca se olvida.
-Pero ¿porque las mujeres no se olvidan de las embarradas que hacemos? y ya.
-Pedro, porque él que la hace la paga y en mi caso, la enseñanza que daría es para dejar claro que nunca se debe olvidar. Así como nosotras no olvidamos.
Pedro reaccionó conmovido, pero esta vez más asustado porque sentía que lo seguían observando. De repente sentado en aquella banca, sintió un fuerte punzón en el estómago que hizo gritar despavorido. Pedro se quitó la camisa buscando la bala que tal vez lo había atravesado. Pero nada, ni gota de sangre, sin embargo el dolor era muy profundo. De pronto dos punzones más, como disparos en su hombro derecho y el otro a la altura de la ingle, lo estremecieron. Esta vez no solo los gritos ahuyentaron las palomas de la plaza, también las lágrimas  que derramaba quemaban su piel y la negreaban como el papel, algunas cayeron en la banca y estaban comenzando una pequeña hoguera. Pedro estaba paralizado del dolor, no había heridas, no había sangre sólo aflicción mental.
Inmóvil del dolor, calcinado por el llanto, recordó la magia en las palabras de su mujer.

“La enseñanza que daría es para dejar claro que nunca se debe olvidar. Así como nosotras no olvidamos”. 

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