-Ana, ven. Siéntate a mi lado.
-No Pedro, Quiero que armes tus chécheres.
-¡Pero ANA!
-Pero ¡nada! Deprisa y que de verdad esta
sea la última vez que te vea.
Pedro se apresuró y salió de casa tan
rápido como pudo, con manos enredadas y la cara enrojecida de pena y vergüenza.
Caminando desquebrajado por el sendero contiguo de la casa, sentía que alguien
lo observaba, tal vez la mirada de su dolida esposa. Miró hacia atrás
rápidamente pero no había nade. Siguió su camino, sin embargo la presencia de
alguien clavando sus ojos en la espalda, en el rostro y en su miembro, fue
constante. Pedro estaba angustiado por la presencia y caminaba casi corriendo por
toda la trocha de piedras. Sentía ganas arrancarlas del cemento para arrojarlas
al que venía detrás, pero al no ver a alguien, evitó tal arrebato.
Era una calmada mañana de lunes, sin
embargo para Pedro, fue el día que lo desterraron de su hogar. Llegó sin
consuelo alguno a la plaza del pueblo y le preguntaba a su conciencia:
-¿canalla yo? ¿Mujeriego yo? ¡Sí le he dado hasta lo mínimo a esa mujer!
Se acurrucó en una de las bancas de la
esquina de la plaza, donde el sol comenzaba a tostar las emplumadas aves. Pedro
tiró sus chécheres, como bien lo había dicho su mujer al suelo y empezó a
divagar sobre los recuerdos de la tarde lujuriosa que vivió sin pensar en su
mujer. Pero estos lindos recuerdos se nublaron cuando Pedro recordó una
conversación de años atrás:
-Ana, ¿Por qué las mujeres son tan
vengativas?
-No, Pedro. No es venganza, es dejar una
enseñanza que nunca se olvida.
-Pero ¿porque las mujeres no se olvidan de
las embarradas que hacemos? y ya.
-Pedro, porque él que la hace la paga y en
mi caso, la enseñanza que daría es para dejar claro que nunca se debe olvidar.
Así como nosotras no olvidamos.
Pedro reaccionó conmovido, pero esta vez
más asustado porque sentía que lo seguían observando. De repente sentado en
aquella banca, sintió un fuerte punzón en el estómago que hizo gritar
despavorido. Pedro se quitó la camisa buscando la bala que tal vez lo había
atravesado. Pero nada, ni gota de sangre, sin embargo el dolor era muy
profundo. De pronto dos punzones más, como disparos en su hombro derecho y el
otro a la altura de la ingle, lo estremecieron. Esta vez no solo los gritos
ahuyentaron las palomas de la plaza, también las lágrimas que derramaba quemaban su piel y la negreaban
como el papel, algunas cayeron en la banca y estaban comenzando una pequeña
hoguera. Pedro estaba paralizado del dolor, no había heridas, no había sangre
sólo aflicción mental.
Inmóvil del dolor, calcinado por el llanto,
recordó la magia en las palabras de su mujer.
“La enseñanza que daría es para dejar claro
que nunca se debe olvidar. Así como nosotras no olvidamos”.
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